Primer verano sin los hijos: el desafío de dejarlos ir y controlar los miedos

Primer verano sin los hijos: el desafío de dejarlos ir y controlar los miedos

El deseo de viajar con amigos por lo general se consuma durante la adolescencia. Los expertos sugieren dejarlos ir. Pero, ¿cómo combatir la idea de que algo malo les puede ocurrir? ¿Hasta dónde meterse y hasta dónde no? Historias desde la Costa. 

En la misma maniobra en la que saca la vista de una revista con sudokus y crucigramas, levanta la guardia. Tiene la reposera apostada a unos metros de la orilla, debajo de una sombrilla en la que entran, además, una heladerita, una pelota de fútbol y las paletas con las que todos los días Mariela juega con Alejo, su hijo de 8. “Voy al agua”, dice él, y se acomoda el barrenador debajo del brazo. “A donde yo te vea, Ale; y al mar siempre con...”, formula Mariela. Su hijo completa: “Con respeto, má”. Y se va a buscar olas. Ella lo escudriña, espera a que sacuda el pelo cada vez que el chico sale de debajo del agua, cada tanto lo saluda o le avisa con señas que la corriente se lo está llevando un poco para el balneario de al lado. Si hace falta, se levanta de la reposera para que las señas se vean claras. La revista con sudokus se cae a la arena, se humedece un poco: no importa. Aunque esté alerta, hoy tiene a su hijo cerca, al alcance de la vista: bajo control. Dentro de unos años (¿8? ¿9?) quién sabe dónde y con quién se irá de vacaciones”.
Primer verano sin los hijos: el desafío de dejarlos ir y controlar los miedos
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Para muchos adolescentes, las vacaciones con amigos en algún destino costero son el primer ensayo de una independencia que las salidas de fin de semana no llegan a conseguir. Y para sus padres pueden representar el desafío de dejarlos alejarse por primera vez, de “perderlos de vista” y de que la casa se parezca, aunque sea nada más que por una quincena o hasta por una semana, a un sitio de descanso y silencio. Un primer encuentro posible con la famosa idea del nido vacío.
Primer verano sin los hijos: el desafío de dejarlos ir y controlar los miedos
Queremos que nuestras hijas conozcan el mundo. Confiamos en ellas, dicen Maria Haiek y Graciela Chiavon, mamas santafesinas que tienen dos hijas adolescentes. Foto: JUAN JOSE GARCIA
“Lo dejamos ir porque confiamos en él y porque el grupo de amigos de rugby que tiene es de chicos buenos, con padres que, como nosotros, están atentos”, dice Paula Albarracín, de 40 años. Agustín, su hijo mayor, viajó a Pinamar con siete amigos. Junto a su marido, hablaron con Agustín antes de que saliera de viaje: “Hicimos hincapié en lo que más nos preocupa, que es que el consumo de alcohol y de drogas está al alcance de cualquiera; y en que tuvieran cuidado al manejar el auto”, cuenta Paula, que no se aguantó las ganas -ni los temores- y se escapó unas horas de sus vacaciones en San Bernardo para visitar a su hijo.
Meterse, no meterse o meterse hasta cierto punto, ¿qué debería ser para un padre, frente a un escenario de este tipo, lo correcto? “Podemos cuidarlos pero en función de ese cuidado no podemos quitarles sus vidas. Por un tiempo tendremos que soportar ser invisibles, y estar allí, como fantasmas, cazando los de ellos para ayudarlos a salir al mundo”, opina Lucia Borensztejn, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
“Cada etapa tiene sus encantos y sus vicisitudes. Y para algunas vicisitudes uno está menos preparado que para otras. Nadie te avisa, por ejemplo, lo difícil que será la etapa de los hijos en tránsito”, expresó en Clarín la escritora Claudia Piñyero. “Ese tiempo indeterminado que puede empezar en algún momento posterior a la finalización del colegio secundario y que se extiende hasta que ellos deciden que quieren ir a vivir solos y pueden hacerlo”, definió. Madre de tres hijos, se enfrenta este verano a la situación de que los tres están de viaje con amigos.
“Mamá me pregunta todo: qué comí, dónde estoy, cómo está el día, qué vamos a hacer”, cuenta Agustín, mientras toma sol con algunos de sus amigos, lejos de ella. Responde mensajes por WhatsApp y un llamado por día, así que Paula se resigna a eso, aunque los primeros días llamaba varias veces. “No me molesta que esté encima, es el instinto y lo entiendo; al final de cada conversación siempre me repite ‘Cuidate, hijo’”.
“Yo quiero que Valentina conozca el mundo”, dice desde Santa Fe María Haiek, que ya dejó que su hija viajara a Disney, a Brasil y, este verano, a Villa Gesell con algunos amigos. La clave es la confianza que deposita en su hija: “Tiene principios y es determinante”, enfatiza. Graciela Chiavon es mamá de Paulina, que viajó con Valentina a Gesell: “Sé permanentemente lo que hace, yo creo que la dejo ir por eso”, sostiene. Las dos les recomendaron a sus hijas que siempre se movieran en grupo, que nunca quedaran solas.
“Seguimos los consejos porque creo que tienen razón; alcanza con ver cómo violan y secuestran chicas para tener claro que no podés salir sola”, comenta Paulina. “Mi mamá me manda hasta los saludos del perro cuando hablamos por teléfono; quiere saber cómo estoy, qué hacemos, cuánto gasto”, dice Valentina. Mandar fotos de cada plan que hacen durante el día, cuentan las chicas, es una forma de estar comunicadas con sus mamás, aunque hablan por teléfono al menos una vez al día.
“Uno de los movimientos sociales que implica la necesidad de independizarse de las figuras parentales son las vacaciones con amigos”, dice la pediatra y psicoanalista, Felisa Lambersky de Widder. “Pero un adolescente que se siente amado, cuidado y contenido por su familia puede reconocer situaciones de peligro y manejarlas con criterio de realidad”.
Las llamadas, las fotos y los mensajes de texto achican las distancias. Y mientras se divierten, los chicos aprenden un poco a rescatarse entre ellos, y a estar a salvo solos. Los padres y las madres, del otro lado de los teléfonos, esperan noticias como Mariela espera a que Alejo salga del mar.

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